viernes, 9 de agosto de 2013

La casa

Es un lugar nuevo que no deja de ser desconocido. Por el día, los verdes y frondosos árboles te cubren con su follaje del sol. La alberca refleja el brillo astral y sus aguas son tan frescas cual agua de horchata o jamaica. Sus amacas son un lujo codiciado en donde posas tu humanidad y te pierdes, inherte y viva, para que el contoneo te mesa sin remordimiento. 

El ambiente cambia por la noche, la oscuridad de la noche te invita a pensar en que lo frondoso deja de ser protector y se convierte en un refugio para lo inhumano. La profundidad del agua se vuelve completa y piensas que al caer en la piscina no regresarás a la superficie. Las figuras blancas que cuelgan de los árboles son ahora lúgubres personajes horribles llenos de maldad y vicio. 

Es inevitable pensar que al anochecer, uno de esos seres se ocupará de tu ventana y te observara fijamente a través del cristal mientras duermes. 

Lo peor del asunto es que no puedes saberlo porque te hayas sumergido en un sueño profundo del que no despertaras al día siguiente. Al menos eso esperas, de lo contrario te encontrarás frente a frente con un horrible ser de ojos centelleantes mirándote desde afuera de tu cuarto. 


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